Historia del Centro

Desde la fundación de El Colegio de México, la pasión por las letras y los estudios filológicos estuvo presente entre los miembros de la nueva institución, empezando por Alfonso Reyes, quien consideraba que el estudio de la literatura y de la lengua son fundamentales para la cultura de un pueblo; también Enrique Díez-Canedo, Agustín Millares Carlo, José Moreno Villa y el propio Daniel Cosío Villegas manifestaban interés por las letras y respeto por su estudio. La gran mayoría había pasado por el Centro de Estudios Históricos de Madrid, que presidía el gran estudioso de la literatura y culturas medievales, Ramón Menéndez Pidal, y estaba muy familiarizada con la Sección de Filología que dirigía otro destacado filólogo, Américo Castro, y con la Revista de Filología Española (RFE). Otra gran influencia provenía de Buenos Aires, donde, desde los años veinte, la filología hispánica había echado raíces firmes y dado sólidos frutos, situación reflejada en la fundación del Instituto de Filología en 1923 por Américo Castro y que en 1928 tomó a su cargo Amado Alonso, un joven español formado en el Centro madrileño. En 1939, en vista de los embates del franquismo contra la cultura española, Alonso fundó la Revista de Filología Hispánica (RFH) como continuadora de la RFE, entonces suspendida.

Alfonso Reyes era una figura clave en este mundo de la filología en lengua española. Desde los años del Ateneo de la Juventud, su larga, honda y respetuosa amistad con Pedro Henríquez Ureña, quien colaboraba con Alonso en Buenos Aires, lo acercó al Instituto de Filología, que el propio Reyes frecuentó durante sus años como diplomático en Argentina. Después de la guerra civil española el centro bonaerense de estudios literarios y lingüísticos fue el más importante del mundo hispánico hasta el triunfo del peronismo, a mediados de los años cuarenta. Daniel Cosío Villegas también guardaba una cercana relación con Henríquez Ureña, quien, desde Argentina, ejercía una sabia y culta influencia humorística sobre su amigo mexicano; era él quien asesoraba epistolarmente a Cosío Villegas sobre lecturas y publicaciones para el Fondo de Cultura Económica que éste dirigía, con la idea de crear una “Biblioteca Americana” que agrupara lo mejor de las letras del continente.

Desde un principio, este interés por la literatura dio lugar a que se pensara en constituir un Centro de Estudios Literarios dirigido por el propio Reyes; no obstante, los años pasaron y la idea de un centro no dejó de ser mero proyecto pues el que Reyes fuera timonel mayor de la institución entera no le permitía distraer su talento y energía en la organización menuda de una sección de El Colegio. Para 1945 la idea de crear dicho centro se vio renovada y urgida por la crisis universitaria argentina a raíz de los acontecimientos políticos desatados por la revolución peronista. Reyes y Cosío Villegas consideraron entonces la posibilidad de traer a su admirado maestro y amigo Pedro Henríquez Ureña a México, e iniciaron tratos con William Berrien, hispanista y miembro de la Fundación Rockefeller, para financiar el proyecto de ese nuevo Centro; sin embargo, la súbita e inesperada muerte de don Pedro en 1946 amenazó con poner fin a esta empresa filológica, pero la maquinaria ya se había echado a andar. Reyes estaba empeñado en ver en El Colegio un centro dedicado a los estudios de literatura, por lo que el siguiente paso fue recurrir a Amado Alonso, quien había buscado refugio del peronismo en la Universidad de Harvard, desde donde inició esfuerzos para encontrar acomodo fuera de Argentina a sus colaboradores del Instituto de Filología de Buenos Aires. Don Alfonso hizo todo su esfuerzo por ayudar a los jóvenes filólogos argentinos y propone trasladar a El Colegio las tareas y la revista del Instituto de Filología con un “mínimo de personal”, bajo la responsabilidad de alguien muy destacado. En lo que concierne a El Colegio, el resultado de esta campaña se tradujo en la decisión de invitar a México al colaborador más cercano de Amado Alonso en Buenos Aires, Raimundo Lida, quien había sido secretario de la RFH y del Instituto de Filología. A pesar de su relativa juventud, Lida ya era conocido por sus estudios sobre estética del lenguaje, por sus traducciones –algunas con Alonso– de obras importantes de lingüística y estilística modernas publicadas en Alemania y Francia, por sus estudios sobre la literatura de los Siglos de Oro, por su erudición humanística y clásica, por sus dotes de maestro y por su pluma precisa, elegante y sobria.

A mediados de 1947 Raimundo Lida llegó a México trayendo consigo el que sería el primer número de la Nueva Revista de Filología Hispánica (NRFH), continuadora en tierra mexicana de sus antecesoras argentina (RFH) y española (RFE). Pocos meses después de su llegada, Lida fundó un nuevo centro docente y de investigación bajo el nombre de Centro de Estudios Filológicos (CEF), el segundo en El Colegio de México –el nombre de este Centro varía según las fuentes, apareciendo a veces como “Centro de Estudios Literarios”, otras como “Seminario de Filología”, “Centro” o “Seminario de Literatura”, “Centro de Estudios Literarios y Filológicos”, “Seminario de Estudios Lingüísticos”, etc. Lo cierto es que en la correspondencia, Lida siempre se refiere a él como “Centro de Estudios Filológicos”. El CEF inició sus labores a comienzos de 1948 y continuó hasta 1963 cuando, al establecerse el primer programa de doctorado en El Colegio, fue rebautizado como Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios (CELL), como se le sigue conociendo.

Por otra parte, al insertarse en el marco de El Colegio, Lida emprendió la tarea de organizar un programa docente que proveyera una sólida estructura académica y formara buenos filólogos. Éstos combinarían sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (donde el mismo Lida comenzó a dar algún curso) con seminarios especializados en literatura y lingüística impartidos en El Colegio, y allí mismo desarrollarían y concretarían sus investigaciones monográficas. El Centro de Filología estipuló claramente las obligaciones y actividades de los becarios, y las dividió en “trabajos obligatorios” y “trabajos optativos”. Los primeros consistían en seguir ciertos cursos específicos, en preparar “tesis, ensayos, artículos y reseñas”, y en colaborar en la preparación de la NRFH, corrigiendo galeras, revisando estilo, fichando bibliografía y demás labores de la revista, ya que éstas eran consideradas “parte integral de la educación y enseñanza”. Las opciones incluían otros cursos, como los de lengua o los introductorios a ciertas materias complementarias: historia, pensamiento, cultura, etc. Para las actividades de esos primeros años véase el personalísimo Testimonio de Antonio Alatorre.

En 1952 las cosas cambiaron en el CEF, por una parte Lida recibió una invitación de la Universidad de Harvard inmediatamente después de la muerte de Amado Alonso, para ocupar el cargo de full professor en su Departamento de Lenguas y Literaturas Romances, cargo que asumió a partir de septiembre de 1953. Por otra parte el subsidio de la Fundación Rockefeller, que se dio para el "lanzamiento" del Centro y de la revista, se terminó el mismo año. Se entendía que a partir de 1952 El Colegio se haría cargo de todo; sin embargo, éste no tenía los recursos suficientes, por lo que en 1951 no comenzó el ciclo de estudios una nueva docena de estudiantes. Raimundo y don Alfonso creyeron que era conveniente que el joven Antonio Alatorre se ocupara del Centro y de la NRFH, Cosío Villegas también estuvo de acuerdo. Lo primero que ocurrió fue la “transmisión” de la NRFH: en adelante, el encargado de hacerla sería Alatorre. Lo segundo, es decir, la “transmisión” de la dirección del Centro de Estudios Filológicos, ocurrió insensiblemente. Al marcharse Lida, a mediados de 1953, Antonio quedó convertido en director, el problema es que no había ya tal Centro, no había cursos ni seminarios, no había estudiantes. Para los primeros años de Alatorre como director del CEF véanse los Recuerdos de Yvette Jiménez de Báez, Concepción Murillo de Dávalos y Margit Frenk.

El CEF, que en las nóminas se denominaba Seminario, desapareció en febrero de 1963 para dar lugar al Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios. Sus planes de estudio se reorganizaron y modernizaron de acuerdo con las necesidades académicas de México e Hispanoamérica, y proyectaron lo que sería un doctorado modelo. Se anunció que en el campo de la Lingüística los alumnos recibirían la enseñanza de la escuela estructuralista (fonética y fonología, gramática descriptiva, lexicografía estructuralista, etc.) para poder estudiar la lengua española hablada en los países hispanoamericanos. La Literatura se ocuparía de la producción moderna –española e hispanoamericana– desde el punto de vista comparativo. Aquellos alumnos que tenían un grado previo podían optar, al completar los cursos, al Doctorado en Lingüística y Literatura Hispánicas, mediante la presentación de una tesis, sobre cualquiera de las dos áreas. En caso contrario se les entregaría un diploma. Los cursos se extenderían por tres años y se confiaba, de manera optimista, que en 1966 completarían sus tesis de grado, para abrir un nuevo grupo en 1967-1968.

No cabía la menor duda de que Antonio Alatorre había acumulado los conocimientos y los contactos suficientes para preparar con todo cuidado la nueva etapa de los estudios lingüísticos y literarios, dado que había sido alumno y colaborador tanto de don Alfonso Reyes como de don Raimundo Lida. Con su peculiar estilo, por entonces amable pero distante, causó una impresión cálida en los nuevos alumnos. Esa primera generación del CELL (1963-1966) tuvo la enorme suerte de que se invitaran como profesores a los especialistas más importantes para cada materia. En lingüística estuvieron Joseph Matluk, Peter Boyd-Bowman, José Pedro Rona, Manuel Alvar –presidente de la Real Academia Española–, Bernard Pottier –uno de los estructuralistas franceses más importantes–, a los que siguieron otros de igual valía en la siguiente generación: Eugenio Coseriu, Klaus Heger, Kurt Baldinger. En literatura, se contó con la presencia de grandes figuras: Emir Rodríguez Monegal, Noel Salomon y Fritz Schalk. Por entonces Marcel Bataillon, que se había hecho legendario con una conferencia sobre la Celestina en los cincuenta, volvió como conferenciante. Además todos los alumnos tuvieron que inscribirse en una –o en las dos– de las grandes investigaciones que se llevaban a cabo, la de lírica folklórica, que Margit Frenk había iniciado desde hacía unos años, o la de dialectología, que estudiaba la realidad fonética de las diversas regiones mexicanas. Algunos lingüistas estudiaron además el léxico y tocaron aspectos morfológicos. La sólida y rica tradición filológica del Centro y los profesores tan calificados permitieron que los estudiantes se familiarizaran con las teorías más modernas, tanto en lingüística como en literatura.

Antonio Alatorre, después de tantos años en la dirección del CELL, pidió ser relevado en 1972 para poder aceptar un nombramiento que le ofreció la Universidad de Princeton para enseñar durante una parte del año. La dirección quedó en manos de Margit Frenk hasta 1978. Al inicio de su dirección y en respuesta al creciente desarrollo y especialización de ambas disciplinas, el Doctorado en Lingüística y Literatura Hispánica se separó, conformándose un Doctorado en Lingüística y otro en Literatura Hispánica, que entraron en vigor desde la cuarta generación (1972-1975).

Desde 1969 el CELL había experimentado con un Seminario de Traducción del inglés y francés al español, con el objeto de subsanar la baja calidad de las traducciones. Al principio se abrió al público interesado, “se dieron los fundamentos teóricos de la traducción y las normas básicas para realizar traducciones con alto sentido técnico y literario”. El presidente, que en ese momento era Víctor L. Urquidi, consideró que dada la demanda de buenos traductores para la floreciente industria editorial, valía la pena proponerlo como programa independiente, y en 1973 la Junta de Gobierno aprobó el Programa para la Formación de Traductores (PFT), con lo cual se formalizó la selección de los estudiantes y de los cursos requeridos. El PFT, de carácter bienal, se inició en 1974 y concluyó con la décimo quinta generación en 2004, año en que es transformado en la Maestría en Traducción y en que inicia su primera generación. Hasta ahora se han formado cinco generaciones de traductores y la sexta se encuentra en curso.

También se iniciaron otras empresas que derivaban de las propias tareas que había desarrollado la institución. Desde 1972, don Antonio Carrillo Flores, director del FCE, había expresado interés en que se elaborara un diccionario de la lengua española que, a diferencia del de la Real Academia Española de la lengua, tomara en cuenta el léxico del español utilizado en México. Antonio Alatorre encargó a Luis Fernando Lara, egresado del Centro (generación 1966-1968), que acababa de regresar de un viaje de estudios por Alemania, estudiar la viabilidad de la propuesta. Presentado el dictamen, se convino en que se constituiría un fideicomiso en el Banco de México para ese propósito. Lara quedó como coordinador del proyecto y El Colegio alquiló un departamento enfrente de su edificio, en la calle de Guanajuato. El novedoso proyecto del Diccionario del Español de México (DEM) tuvo que elaborar una serie de monografías que se consideraron necesarias para determinar el modelo que se seguiría. Después se hizo un gran levantamiento de datos léxicos para identificar las características léxicas propias del español mexicano, y con el auxilio de un Consejo de Redacción se delimitaron las características del Corpus del español mexicano contemporáneo (CEMC). El corpus comprendía dos millones de ocurrencias de palabras y se pensó para ser manejado en una computadora. El diseño y la elaboración de un analizador morfosintáctico automático del español lo realizó Isabel García Hidalgo. Un primer resultado del proyecto fue el Diccionario fundamental del español de México, que utilizó el estudio estadístico que había desarrollado Lara con la colaboración de Roberto Ham. Listo para 1982, el Fondo de Cultura imprimió 60,000 ejemplares. Una versión corregida y ampliada fue publicada en 1986 con el nombre de Diccionario básico del español de México. A partir de 1986 el objetivo fue terminar un Diccionario del español usual en México (DEUM 1), formado por los vocablos que tuvieran una frecuencia mínima de diez apariciones en el CEMC. El DEUM 1 se publicó en 1996 y fue muy bien recibido tanto en México como en el extranjero. En vista de su éxito y para poder seguir ofreciendo, sobre todo a los estudiantes, un diccionario en un solo tomo y relativamente fácil de manejar, se puso en circulación una segunda edición, corregida y aumentada, el DEUM 2, que ahora circula. El proyecto sigue adelante. Para ahondar en la historia de este proyecto véase Historia del DEM.

El CELL quedó reforzado por investigadores procedentes de su primera generación de doctorado, mantuvo como líneas preferentes de investigación el estudio de la lírica popular y las zonas dialectales de México. Más tarde las tareas de investigación quedaron organizadas en lingüística –teórica, descriptiva y aplicada– y literatura –española, hispanoamericana y poesía folklórica. La productividad de la institución desde 1976 hasta fines de 1985 se incrementó: Antonio Alatorre publicó Los 1001 años de la lengua española, aparecieron también los impresionantes volúmenes del Cancionero Folklórico de México, producto de veinticinco años de estudios colectivos bajo la dirección de Margit Frenk, y se inició la edición crítica de textos novohispanos así como diversos estudios de literatura hispánica. Los lingüistas concluyeron el Atlas lingüístico de México, iniciado con las técnicas de Manuel Alvar y realizado bajo la dirección de Juan M. Lope Blanch, así como diversos estudios de dialectología mexicana.

El firme crecimiento del Centro desde su fundación en 1947, reflejado en las diecisiete generaciones de estudiantes-investigadores que han pasado por él desde 1963 y estando en curso la décimo octava generación, demuestra que supo aprender de su pasado, desempeñando un papel decisivo en la evolución del Centro quienes se han encargado de dirigirlo: Raimundo Lida (1947-1953), Antonio Alatorre (1953–1971), Alonso Zamora Vicente (1959-1960), Margit Frenk (1972-1978), Beatriz Garza Cuarón (1978-1991), Rebeca Barriga Villanueva (1991-1997), Luis Fernando Lara Ramos (1997-2003), Aurelio González y Pérez (2003-2009), Luz Elena Gutiérrez de Velasco Romo (2009-2015), Rafael Olea Franco (2015-2020) y Alfonso Medina Urrea (2020-).

Fuentes

  • Lida, Clara E., Matesanz, José A. y Vázquez, Josefina Zoraida. 2000. La Casa de España y El Colegio de México, Memoria 1938-2000. México, D.F.: El Colegio de México.
  • Lida, Clara E. y Matesanz, José A. 1990. El Colegio de México: Una hazaña cultural 1940-1962. México, D.F.: El Colegio de México.